
Cada 3 de mayo se conmemora alrededor del planeta el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Esto ocurre desde 1993, cuando fue proclamado como tal por la Asamblea General de las Naciones Unidas.
En el marco del 30 aniversario de esta fecha, el presidente en turno del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas, Václav Bálek, afirmaba que “la libertad de expresión, y más concretamente la libertad de prensa, es un motor que promueve todos los demás derechos“.
Con esto en mente, y estando tan cerca de la mencionada conmemoración, es necesario preguntarnos: ¿qué tan bien está funcionando este “motor” en Costa Rica? Es precisamente esto lo que se busca explorar con esta entrada.
Panorama en deterioro
La organización no gubernamental Reporteros Sin Fronteras (RSF), cada 3 de mayo publica el ránking Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa, y la publicación de este año reflejó preocupaciones que no son nuevas, pero que con el pasar de los años no dejan de agravarse.
Uno de los principales resultados es que por primera vez en la historia de dicha clasificación más de la mitad de los países del mundo se encuentran en una situación “difícil” o “muy grave”. RSF reporta que “en los 25 años de historia del ránking, la puntuación media del conjunto de los países analizados nunca ha sido tan baja“.
A su vez, Reporteros Sin Fronteras también destaca que a nivel regional se aprecia un cambio negativo importante; el descenso de numerosas naciones latinoamericanas, envueltas en medio de violencia y represión, entre las cuales está incluida, como muchos se lo imaginarán, Costa Rica.

5to mejor del mundo
En este contexto regional de retrocesos, el caso de Costa Rica resulta particularmente llamativo. En 2021, el país alcanzaba el 5.º puesto a nivel mundial en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa, posicionándose como un referente en la región, siendo esta la mejor posición de nuestro país en la historia de estos reportes.
Sin embargo, a partir de entonces, y coincidiendo con el inicio del mandato del ahora expresidente, Rodrigo Chaves, la tendencia muestra una caída en picada: en 2022 cayó al 8.º lugar, en 2023 descendió hasta el 23.º puesto, representando el mayor declive del país en materia de libertad de prensa en los 22 años de historia de estos informes.
La caída continuó en los años siguientes, ubicándose en el 26.º lugar en 2024, 36.º en 2025 y 38.º en 2026.
Este deterioro no ha pasado desapercibido para Reporteros Sin Fronteras, quienes señalan de forma explícita que “en los últimos años se registra un aumento sostenido de vulneraciones a la libertad de prensa, y el gobierno del expresidente Rodrigo Chaves Robles ha restringido el acceso a la información pública”.
Esta afirmación se ve reforzada por el análisis del contexto político que hace RSF, donde si bien se reconoce la existencia de una estructura institucional que respeta la separación de poderes, también se advierte que el actual gobierno ha adoptado una línea de confrontación con algunos medios y periodistas críticos, lo que se manifiesta regularmente en ataques verbales y sistémicos.
Opresión, máscara del miedo
Ser crítico ante la prensa es no solo válido, sino necesario en una sociedad democrática. Sin embargo, existe una línea clara entre fomentar una conversación crítica sobre el ejercicio periodístico en Costa Rica y recurrir a la descalificación directa, llamando a quienes informan “canallas“, “ratas” o “sicarios políticos“.
Cuando el debate abandona los argumentos y se instala en la intimidación, deja de ser crítica y se convierte en un mecanismo de opresión.
En Pedagogía del oprimido, Paulo Freire desarrolla la idea de que el opresor teme a la libertad, específicamente la libertad del oprimido. Esto lo vemos en el miedo a una prensa libre, que incomoda al cuestionar, investigar y exponer. Hoy más que nunca, a nosotros como personas en el campo de la comunicación, nos corresponde velar y denunciar para que se cumpla la libertad de prensa a la que tenemos derecho, pero sobre todo, nos corresponde ejercerla.
Porque cada retroceso abre espacio a la intimidación, y ceder ante ella es permitir que quienes tienen el poder, en este caso, el ejecutivo, sigan avanzando sin contrapesos.
