El descuido al patrimonio arquitectónico en nuestra capital, San José, muchos lo atañan a nuestro periodo de la Segunda República, más específicamente alrededor de 1958, durante la primera administración como presidente electo de José Figueres Ferrer.
Durante este periodo, muchos de las edificaciones que se construyeron durante el periodo Republicano, de gran valor patrimonial, fueron demolidos bajo el discurso de que una Nueva República nacía, moderna y vanguardista. Por esto, se llegaron a levantar inmuebles que seguían estilos arquitectónicos propios de inicios del siglo XX, como el Art Nouveau, el Art Déco y el Neoclasicismo.
Uno de los casos más representativos es la demolición del Palacio Nacional. El inmueble había sido construido en 1853 y, fue demolido en 1958 para dar paso a la construcción del Banco Central de Costa Rica, que tiene ciertos rasgos del Art Decó y un estilo neoclásico.
Incluso, la demolición del Palacio fue controversial, ya en la época legisladores como Mario Echandi Jiménez, ya calificaban la acción como una destrucción de la historia de nuestro país.
Lista de Edificios Históricos demolidos durante la Segunda República
- Palacio Presidencial (Derribado en 1949)
- Palacio Nacional (Demolido en 1958)
- Antiguo Seminario (Demolido en 1964)
- Antigua Biblioteca Nacional (Demolido aproximadamente entre 1968-1969)
- Pasaje Central (Demolido en 1970)
El tenso contraste entre modernidad y memoria
Recuerdo una de mis clases de Arte Costarricense, en la que una de mis profesoras, precisamente se refería a ese intento o “falso discurso” de modernizar la ciudad de San José, que en realidad termino en la destrucción de la historia de nuestra capital. El resultado, según mi profesora, fue una ciudad fea, con edificios “modernos” incompletos por falta de presupuesto.
Algo similar expone Juan Bernal Ponce (1938-2006), quien afirma que en esa seudo modernización capitalina impulsada por el Estado Benefactor, afectada también por un poco visionario mercado inmobiliario local y, quizá aún peor, el desinterés ciudadano, nuevas estructuras modernas llegaron a posicionarse sobre nuestro patrimonio cultural.
Esto ocurre aún en la actualidad, la presión inmobiliaria y una nueva lógica de la verticalización continúan transformando el paisaje urbano de San José, ha desplazado edificios históricos y residencias de valor arquitectónico. Este mismo discurso del “progreso” suele utilizarse como justificación para la demolición de casas antiguas, que son sustituidas por torres de apartamentos u oficinas.
Esta dinámica ya no se limita al centro de la ciudad, sino que se extiende a barrios periféricos, como Los Yoses, Escalante o Curridabat, donde grandes viviendas, muchas de estilo neocolonial, son derribadas para dar paso a proyectos habitacionales que, en muchos casos, terminan convertidos en apartamentos temporales tipo Airbnb, desconectados de la memoria y la identidad del lugar, y no son aprovechados por las personas costarricenses.
La pérdida del Patrimonio y la memoria colectiva

Otro aspecto que no se debe olvidar es el papel que juega el Estado Costarricense y el Centro de Patrimonio, responsables por velar por el resguardo del mismo.
Es evidente que hay debilidad en las políticas de protección patrimonial en Costa Rica, la cual se intensifica con la lentitud de ciertos procesos burocráticos que retrasan procesos de declaratoria o conservación.
Por este contexto, como costarricenses, más de una vez nos sorprendemos si una edificación aún no cuenta con la declaratoria de Patrimonio Cultural. E incluso, nos llegamos a indignar, cuando los intereses privados actúan con rapidez, derribando inmuebles antes de que exista siquiera un intento de salvaguarda. O porque incluso, los dueños del inmueble son advertidos de la próxima declaratoria y prefieren destruir la construcción.
En San José, ejemplos abundan de casas con valor histórico terminan reducidas a escombros para convertirse en simples parqueos, espacios anónimos que encarnan de manera tangible el olvido colectivo. Nuevamente, tenemos el ejemplo de la antigua Biblioteca Nacional, de la que queda solo una parte de su muro, el cuál rodea un parqueo en el centro de la ciudad.

Tristemente, la ciudad de San José, en su afán de “modernizarse”, sacrificó capas de memoria urbana que podrían haber sido rescatadas y resignificadas como parte de un relato común. Este desfase permite que gran parte del patrimonio arquitectónico quede expuesto, no solo a la demolición física, sino también al borrado simbólico de las historias y vidas que dieron sentido a esos espacios.
Por esto, les invito a preguntarnos: ¿El olvido del patrimonio en San José es fruto del descuido o una estrategia conveniente para ciertos sectores económicos?
Cuando se insiste en que “no hay nada que conservar”, se alimenta un discurso que legitima la demolición y nos priva de la memoria colectiva. La defensa del patrimonio no es solo una cuestión estética, sino una forma de resistir a la desmemoria y de reclamar la historia que aún late en nuestras calles.

Les invito a compartirme lugares con historia e imágenes que edificaciones que han sido olvidadas o demolidas, borradas de nuestra historia y memoria.